miércoles, 29 de abril de 2015

Los derechos de las mujeres a la salud sexual y reproducción elegida




“Los derechos reproductivos
son los derechos de las mujeres
a regular su propia sexualidad
y capacidad reproductiva,
así como a exigir que los hombres
asuman la responsabilidad
por las consecuencias del ejercicio
de su propia sexualidad.”
Veronica  Stolcke (2008)



Son ya muchas las voces que han colocado en la agenda pública el problema real de que las mujeres en México no pueden tener un ejercicio pleno de sus derechos sexuales y reproductivos, especialmente las que están en condiciones de vulnerabilidad social por ser pobres, indígenas o vivir en condiciones migratorias. En este texto recuperamos parte de los estudios de la asociación civil GIRE Grupo de Información en Reproducción Elegida, que  se ha distinguido por comprender, atender, promover y sustentar jurídicamente las demandas y los derechos reproductivos de las mujeres, materia en la que tenemos grandes pendientes en México y en América Latina.


Recordemos que los derechos reproductivos están reconocidos en la Constitución, de acuerdo con el art. 4º. “Toda persona tiene derecho a decidir de manera libre, responsable e informada sobre el número y el espaciamiento de sus hijos” Ahí se reconoce que tenemos derecho (un derecho universal) a la protección de la salud. Ningún funcionario público o ministro religioso, debe impedir este derecho que plantean los mandatos constitucionales.


Otro art. Constitucional, el 133, señala que el estado mexicano respetará los compromisos que ha adquirido con la comunidad internacional al suscribir tratados, acuerdos e instrumentos para proteger los derechos reproductivos de las mujeres. En este sentido grupos de mujeres, han dado seguimiento a los acuerdos firmados en las conferencias internacionales, para impulsar la construcción de nuevas propuestas para la defensa de los derechos reproductivos en nuestro país. La conferencia de Beijing de 1995, especialmente, ha sido clave para el tema. Por ello ahora se supondría que hablar de la posibilidad de interrumpir un embarazo es parte del derecho a gozar de salud, en tanto estado general de bienestar físico, mental y social, por ser parte de los aspectos ligados a la reproducción y a sus procesos, por ello se supondría que todas las mujeres tienen derecho a servicios médicos garantizados en estos temas, pero no es así.


GIRE es quizá una de las organizaciones que ha insistido en forma sistemática y fundamentada en el derecho de las mujeres a una reproducción elegida y en afirmar que un tema central de los derechos reproductivos es el aborto:


El acceso al aborto legal y seguro, es parte esencial de los servicios de salud reproductiva a los que tienen derecho las mujeres. Se fundamenta en los derechos a la vida, la salud, la integridad física, la vida privada, la no discriminación  y la autonomía reproductiva de las mujeres. Estos derechos se encuentran reconocidos tanto en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos como en los tratados internacionales en materia de derechos humanos.


Cuando los servicios de aborto son inaccesibles para las mujeres que los necesitan o cuando las leyes de aborto son restrictivas, los Estados pueden ser responsables por las violaciones a los derechos humanos que les causan. Además, tiene un impacto negativo en el ejercicio de los derechos de las mujeres, sus oportunidades de vida y su futuro. 


Cabe decir que en México el tema del aborto inducido es un tema antiguo y recurrente a lo largo de la historia, que presenta avances y retrocesos. En el siglo XIX, durante los gobiernos de los liberales, el aborto fue hecho visible en la ley en 1871, a pesar de las presiones de la iglesia, y no fue resultado de un debate público. Por entonces el aborto intencional tenía una menor penalización si la mujer lo hacía por cuestiones de honoris causa, es decir por salvar su honor y por cuidado de la institución familiar. No había sanción si la mujer abortaba por motivo de accidente o si la vida de la mujer corría peligro.


La legislación se fue endureciendo al respecto, aunque ha tenido muchas modificaciones  no han sido cambios de fondo, a excepción de los avances que tiene el Distrito Federal. Incluso con el incremento de embarazo adolescente,  sin duda se replican a gran escala, situaciones como la del caso de Paulina (niña violada y con derecho a un aborto legal) en el que se mostró claramente que aunque se tengan derechos en el papel, en la práctica no se cumplen.


Es decir, aunque se emita una orden judicial para la realización de un aborto legal en condiciones seguras, en casos de violación a menores de edad, en cualquier hospital público, se les niega su derecho a realizar la intervención. Los médicos pueden aducir Objeción de conciencia para no realizarlo y pocos son los estados que tienen legislación para garantizar la presencia de médicos ejecutores en casos de emergencias, para cumplir la ley. 


Ha sido GIRE, más aún que INMUJERES, la organización civil que ha dado seguimiento puntual a lo que ha pasado en ocho años de cambios legales a favor de hacer efectivos los derechos reproductivos de las mujeres. Como se sabe, en 2007 la Asamblea Legislativa del DF modificó el Código Penal para despenalizar el aborto hasta la semana 12 de gestación, con ello se inició una reforma que permitía la interrupción legal del embarazo en hospitales públicos de la Secretaría de Salud del DF. De esa fecha hasta el 31 de marzo de 2015 se han practicado 138, 172 abortos a mujeres que según los datos estadísticos tienen las siguientes características: en su mayoría han sido jóvenes de entre 18 y 24 años, procedentes del Distrito Federal (72.5%) y del Estado de México (24%), pero también atendieron a mujeres de otros estados y extranjeras (3.3.%); solteras en su mayoría (53.1%) o que viven en unión libre (28.1 %); con escolaridad de Preparatoria (39.7%) o secundaria (32.3%); que tienen como ocupación principal dedicarse al hogar (35.2%) o ser estudiantes (25.1%). Cabe decir que el 53.1% de solicitantes pidió la intervención antes de cumplir los dos meses de embarazo.  Asimismo las menores de edad de entre 11 y 18 años que con la autorización de sus padres, solicitaron la interrupción de su embarazo, han sido en total 8, 334. Un dato que revela lo duro que significa tomar la decisión de abortar se advierte en que un 13.9% de las solicitantes totales ya no acudieron a la cita para realizarlo.


Por otra parte GIRE recuperó información respecto a la procedencia de las mujeres atendidas  de las entidades de la República, pues como se sabe fuera del DF en todos los estados se criminaliza el aborto, así, se puede apreciar que en ocho años se han atendido solicitantes de: Puebla 774; Hidalgo 607; Morelos 450; Jalisco 322; Querétaro 314; Michoacán 300; Veracruz 261 y Guanajuato 260. 


Estas cifras tienen aún mucho por decir, no obstante se puede apreciar en general que la legalización de la interrupción del embarazo no es fácil para las mujeres, pues se calcula que siguen predominando las prácticas riesgosas y clandestinas. Se trata de un problema de salud y de política pública que sigue sin resolverse. Lo más lamentable es que siga habiendo mujeres que además de sufrir deficiente o ausente educación sexual de ellas y sus parejas, tengan que cubrir duras penalizaciones perdiendo por años su libertad. Martha Lamas lo ha señalado con mucha claridad:


“ninguna mujer aborta por gusto. Ninguna mujer debería enfrentar, además del conflicto que supone un aborto, todo lo que implica la clandestinidad: el riesgo, la extorsión, [la prisión], la enfermedad y la muerte”.


En  2010 el PAN en alianza con otros partidos como el PRI,  habían modificado 17 constituciones locales para impedir que las mujeres cumplieran su derecho a una reproducción elegida, y desde entonces se ha seguido el ejemplo en otras entidades, con pequeñas variaciones. Estas modificaciones proponen penalizar casi invariablemente a las mujeres. Por ello, tocar el tema se ha vuelto muy complicado y casi prohibido en nuestra entidad, a pesar de los graves problemas que se tienen de embarazo adolescente y de desinformación y falta de educación sexual. Los embarazos no deseados están a la orden del día y pese a que el Estado no tiene aseguradas estrategias para prevenirlos, ni personal capacitado para entender el problema, se prefiere la omisión y con ello, se permite la continuidad de prácticas que  criminalizan a las mujeres incluso en los casos de abortos espontáneos. La ley se ha aplicado con sesgos racistas y discriminadores, pues las criminalizadas han sido pobre y/o indígenas.


El tema del aborto seguirá presente en el espacio público –aunque incomode y aunque se silencie- porque es uno de los temas en que una sociedad define su interés por la vida y los derechos de las mujeres.



Hablar de autonomía, de avances democráticos y de ciudadanía de las mujeres en los estados, será una noción inalcanzable mientras no podamos hablar de su derecho a decidir sobre su sexualidad y maternidad. Esa autonomía es aún más inaccesible para las mujeres en condiciones de vulnerabilidad, sin educación, sin ingresos, sin conocimiento de la ley y sin acceso a los servicios básicos y de salud pública. El reto es enorme, pero se cuenta ya con mayores experiencias nacionales e internacionales, que muestran que la legalización del aborto no genera conductas sociales pro-abortivas, sino que apenas es una medida emergente, que elimina la penalización injusta que solo se aplica a las mujeres y no responsabiliza a los hombres por las consecuencias de su sexualidad.

miércoles, 15 de abril de 2015

La desigualdad de género en el mundo académico y universitario

“La actividad científica, como institución social,
ha perpetrado sistemáticamente injusticias contra las mujeres,
notablemente su exclusión tanto como objetos
cuanto como sujetos de la investigación  científica, 
cuando no avalando el desarrollo de las
investigaciones sesgadas en contra de las mujeres”

Ana María Sánchez Mora, 2004, p.60.[i]
Apenas en 1996, en una universidad mexicana, -considerada una de las más democráticas del país-, escuché a un profesor universitario referirse a una colega filósofa como una “prófuga del metate”, para señalar que a su juicio nada tenía que hacer en la universidad y menos aún en el campo de las humanidades. Su comentario se empleaba para justificar el hecho de lo que yo consideraba una injusticia, pues la profesora tenía muchos años siendo profesora de horas clases y no veía cercana aún su llegada a la categoría de profesora de tiempo completo. Ese mismo profesor decía que sus alumnas solo iban a la universidad a “buscar marido” y por si no fuera suficiente, para dejar clara su ideología sexista, desanimaba a todas las interesadas en trabajar temas de historia de las mujeres como objeto de estudio para su tesis, sugiriéndoles mejor estudiar batallas o personajes importantes de la política, es decir, varones.


Si alguien piensa que ese tipo de discriminaciones fueron cosa del siglo pasado, se equivocan, en pleno siglo XXI, en cualquier universidad de este país, seguimos escuchando noticias de que sigue habiendo profesores que repiten constantemente a sus alumnas que nada tienen que hacer en ciertas carreras, como en ingeniería o en Ciencia Política, entre otras. No es historia pasada saber que el hostigamiento sexual prevalece en formas cotidianas en los espacios universitarios.



Podría pensarse que esto sucede en las universidades donde los alumnos tienen posiciones frágiles en la estructura de poder, efectivamente, pero también sucede en la UNAM y sucede en muchos otros centros de investigación. Ahora podemos nombrarlo con todas sus letras, se llama violencia de género, porque ahí se sigue discriminando a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres. La institución a través de sus representantes, asume como natural este tipo de violencias, y como parte del sentido común  y de la cultura institucional que se reproduce en el día a día.


Hablar por ello, de violencia de género en las universidades, incluso puede pensarse como políticamente incorrecto, pues son las instituciones que representan el lugar del saber, un saber que pareciera inocuo, sin lugar a dudas.


Para ser políticamente correctas, las universidades tienen la gran tarea de promover las políticas de igualdad de género y atender en serio los problemas de hostigamiento hacia las mujeres en los espacios universitarios, que son múltiples, directos e indirectos.


El reto de incluir a las mujeres en la ciencia con políticas afirmativas es una tarea pendiente, durante siglos las instituciones universitarias han remarcado las exclusiones, han sido elitistas, planteando detrás del discurso de la meritocracia, una realidad mucho más compleja, pues el saber universitario se ha asociado como parte del género masculino. Más específicamente ser parte de la intelectualidad o la comunidad científica, se asocia con hombres blancos y occidentales. Luego entonces la universidad como institución ha excluido de diferentes formas, abiertas o sutiles, a las mujeres, a los pobres, a los indígenas, a los gays y lesbianas y a personas con discapacidades.  


En la UNAM según un estudio reciente,  tiene espacios y áreas donde gobierna la meritocracia masculina y se mantiene el trato de “intrusas” a las mujeres que ingresan a ciertas carreras de las ciencias exactas, segregando a las mujeres a las carreras de cuidado como enfermería, pedagogía, trabajo social, entre otras. Se ha detectado que prevalecen a su interior, interacciones discriminadoras que generan un mal ambiente, se trata de un campo de tensiones de género.


Algunas de las conductas y formas de comunicación e interacción de los docentes y de los propios alumnos frente a sus colegas y alumnas,  forman parte de esa cultura sexista en la que no se les toma en serio. En un ambiente machista, en el que de entrada las mujeres son consideradas menos valiosas que los hombres, es común que se refieran a la apariencia física de las mujeres, o atribuyan sus logros a la posición de poder de sus parejas o maridos, o bien tratan de someterla a mayores pruebas, pues siempre dudan de los buenos resultados de las mujeres.


Actualmente se reconoce a partir del estudio citado, que la UNAM tiene pocas mujeres en los puestos de alto nivel de toma de posiciones, así como en las plazas mejor pagadas; solo un 34% de académicas pertenecen al sistema nacional de investigadores;  no hay procesos de inclusión intencionados en las carreras de ciencias exactas y en las ingenierías (26.7% de alumnas en físico matemáticas e Ingenierías), por solo mencionar algunos de los hallazgos de la investigación.


La Universidad tiene que reconocer esos actos discriminatorios claramente como institución, actualmente los reduce a ser solo problemas de mujeres. Asimismo existen muchos microdetalles discriminatorios en la escala más cotidiana en la vida docente universitaria, actos sutiles y sistemáticos que se aprecian en múltiples subjetividades de quienes tienen el poder en las jerarquías, -generalmente hombres- que aplican un trato de intrusas a las académicas y a las estudiantes,  en las evaluaciones, en las valoraciones de la productividad (ellas tienen salarios menores), en los estímulos diversos, o en los reconocimientos para dar nombramientos y cargos, donde prevalecen también las formas de exclusión de mujeres para participar de responsabilidades de alto nivel. Tanto las académicas como las estudiantes, se quejan de muchas sutiles formas de ser discriminadas por ser mujeres.


Todas, como se puede advertir,  son conductas que se ajustan al patrón estereotipado y patriarcal, un modelo que prevalece en las universidades y frente al cual, sus integrantes (estudiantes, profesores, directivos y administrativos) y  la sociedad civil, no pueden quedarse al margen. Pues la universidad es el lugar para enseñar los logros más avanzados del pensamiento y los derechos humanos, constituye un potencial espacio para democratizar un poco el mundo y para iniciar un camino de equilibrios necesarios para la convivencia humana.



[i] Sánchez Mora, Ana María, La ciencia y el sexo, México, Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, 2004.




miércoles, 8 de abril de 2015

Género y democracia: la pasión por la igualdad en los países nórdicos

“En todos los países escandinavos,
como en la mayoría de las sociedades industrializadas,
el género es el mejor mecanismo de predicción
del estatus social de una personas”
Helga Maria Hernes, 1987,p.28.


Desde los años sesenta, los movimientos feministas de los países nórdicos (Noruega, Suecia, Dinamarca, Islandia y Finlandia), empujaron a que sus Estados y partidos, asumieran políticas afirmativas para el avance de las mujeres en la participación parlamentaria. Recordemos que una política afirmativa, es aquella que promueve acciones estratégicas temporales para generar igualdad, ahí donde no la hay.


Así, diversos partidos escandinavos aprobaron el principio de por lo menos 40 por ciento de representación femenina en todas las listas y en los diversos niveles de participación al interior del partido. Esto fue aprobado inicialmente por los partidos de izquierda, empezando por el Partido Liberal Sueco y el Partido Comunista en 1972, y en 1975 se sumó el Partido de Izquierda Socialista Noruego. Posteriormente estos partidos atrajeron a otros, para promover paridad en los parlamentos nacionales. En los años ochentas se dio un paso más, pues los partidos noruegos y suecos promovieron una ley más contundente al respecto para que todos los partidos establecieran una cuota obligada del 40 por ciento de mujeres en todas las listas electorales. Las resistencias no se dejaron esperar en los partidos conservadores, pero los partidos de izquierda lo siguieron haciendo al interior de sus partidos para generar competencia electoral.


En la memoria histórica de la democracia en el mundo, quedarán las acciones del Partido Laborista Noruego, el más grande del país por cierto, que al introducir en 1983 el 40 por ciento de mujeres en las listas de candidaturas locales y nacionales, obtuvo un liderazgo ejemplar en Europa. Contribuyó a poner el ejemplo de buenos resultados en políticas de cuotas de género. El Partido Conservador Noruego aunque se oponía a las cuotas formales, tuvo que avanzar y hacer cambios a regañadientes, llegando incluso a un 30 por ciento de candidatas en sus listas nacionales.


Hacia 1984, las mujeres ocupaban el 15 por ciento de los escaños parlamentarios en Islandia, 26 por ciento en Noruega y Dinamarca, 28 por ciento en Suecia y 31 por ciento en Finlandia. […] en 1985 Noruega ganó el record mundial. Las mujeres constituían el 34.4 por ciento de la Storting (asamblea nacional) detentaban ocho de los dieciocho puestos del gabinete, contribuían con el 40.5 por ciento de los miembros de los consejos distritales y con un 31.1 por ciento de los miembros de los consejos municipales.


Mientras en otros países europeos, las mujeres clamaban por la aplicación efectiva de las políticas de paridad de género, como en el caso de Alemania que en 1988, tras la presión de los movimientos feministas, lograron que se comprometieran a un 25 por ciento de mujeres en los puestos parlamentarios y señalaban que en la próxima década irían avanzando al 40 por ciento. En Inglaterra, los debates al respecto entonces, apenas podían avanzar.


Para las mujeres nórdicas la paridad de género en la representación política, fue una batalla que empezaron desde los años cincuenta en las secciones de mujeres de sus partidos, en momentos en que para el resto de Europa no era siquiera una demanda de los movimientos de mujeres. En la década de los sesenta ya promovían comisiones oficiales sobre temas de igualdad. Varios autores insisten en que en los países nórdicos se cultiva una cultura de la igualdad que puede llevar a su defensa en formas apasionadas.


            Los países escandinavos tienen a su favor acciones intervencionistas favorables a generar igualdad incluso al seno de la familia, -tema que no tocan en otros países-, el tema del cuidado de los niños, las condiciones del trabajo asalariado de las madres y los apoyos domésticos de cuidado de adultos mayores, tanto como otros temas, son tocados por el estado de bienestar en formas frontales y continuas.


            El debate entre la ciudadanía nórdica, se coloca ahora en revisar el comportamiento político de las mujeres en su papel de representantes, pues mucho se dice que las mujeres no siempre representan los intereses de las mujeres y que pesa más la clase que el género. Por lo que ese siguiente paso de la democracia representativa se encuentra en la construcción de la teoría política actual.



            Sin pretender copiar a las democracias nórdicas, sería interesante desarrollar una pasión por la igualdad y la inclusión en la clase política mexicana, que aún sigue en la retórica de múltiples promesas sin cumplir, para desencanto del electorado femenino y masculino. En particular deberíamos estar atentos a las formas en que las mujeres fueron colocadas en listas y distritos en la contienda electoral de este 2015, que se afirma será el año con más mujeres como candidatas en la historia de México. Tendremos una excelente oportunidad de aprender lecciones  en torno a las posibilidades de la paridad de género en la vida política de nuestro país.

miércoles, 1 de abril de 2015

Feminismos indígenas y feminismos comunitarios

Cuando decimos comunidad,
nos referimos a todas las comunidades de nuestra sociedad,
comunidades urbanas y comunidades rurales,
comunidades religiosas, comunidades deportivas,
comunidades culturales, comunidades políticas,
comunidades de lucha, comunidades territoriales,
comunidades educativas, comunidades de tiempo libre,
comunidades generacionales, comunidades sexuales,
comunidades agrícolas, comunidades de afecto,
comunidades universitarias, etc.
Es comprender que de todo grupo humano podemos hacer
y construir comunidades.
Es una propuesta a la alternativa individualista.
Julieta Paredes, 2010.

En México, el germen de un cierto feminismo comunitario e indígena fue generado al interior mismo de las luchas de los pueblos originarios, que en 1993, impulsaron al Ejercito Zapatista de Liberación Nacional. Recordemos que fue el EZLN el que dio a conocer la primera Ley Revolucionaria de Mujeres, desde la cual se hicieron visibles ante el mundo, las voces rebeldes de mujeres de los pueblos indígenas de los Altos de Chiapas.


En esta Ley sin precedentes, se cuestiona el machismo institucional y cotidiano que viven las indígenas desde pequeñas y reivindican sus derechos a participar en la insurgencia, a trabajar por un salario justo, a decidir el número de hijos que pueden y quieren tener, a participar en los asuntos comunitarios, así como su derecho a la salud, a la alimentación y a la educación. Destacan que son ellas quienes deben elegir a su pareja, que tienen derecho a no ser golpeadas, a ocupar cargos de mando en la organización, incluyendo los grados militares.
La líder que promovió esta ley fue la comandanta Ramona, quien comprendió muy pronto la importancia de que un movimiento como el que alimentaba la esperanza de cambio para los pueblos indígenas, no dejara fuera a las mujeres.


            Ramona, desde los años ochenta ya venía impulsando la mejora de las mujeres en temas de salud y de educación. Reconocida por su talento, formó parte de la delegación del EZLN en los diálogos de Paz y en 1996 participó en el Zócalo de la Ciudad de México frente a más de 100 mil personas acuñando en la memoria la frase “nunca más un México sin nosotros”. Diez años después Ramona falleció de cáncer. Esa mujer, dijo el subcomandante  Marcos, “del color de la tierra y ojos de frijol negro, pequeña de estatura, era el arma más importante de los zapatistas, mujer Tzotzil, tejedora de palabras, río que canta. Ramona bordadora excepcional.” y afirma: “El mundo perdió a una de esas mujeres que paren nuevos mundos y México perdió a una de sus luchadoras que le hace falta y a nosotros nos arrancaron un pedazo de corazón.” 1


            Las mujeres que como Ramona se conectan con el deseo de un mundo diferente a partir de la participación política, desde sus comunidades y que a la par cuestionan el dominio tradicional de las practicas patriarcales, son muchas en todo América Latina, pues son más de cuarenta millones los indígenas hombres y mujeres que lo habitan. Ramona es un ícono del feminismo indígena de México.


Las “Abejas” también quedan en nuestra memoria como la agencia colectiva de la solidaridad de mujeres por la defensa y autonomía de las comunidades:


Las “Abejas” formaron unos cordones de paz y hacen que los soldados se replieguen. Ellas: pequeñas, descalzas, armadas sólo de sus manos y la fuerza de sus corazones, enfrentando al mayor símbolo patriarcal del sistema político actual.. el ejército... 2
            

Actualmente podemos hablar de múltiples ejemplos de intelectuales indígenas que están aportando desde diferentes ángulos a comprender el pensamiento feminista indígena, diferente al occidental.


            Beatriz Paredes, por ejemplo, intelectual indígena Aymara, del Estado Plurinacional de Bolivia, ha aportado sus reflexiones y propuestas de un feminismo comunitario, cuestionando al paradigma dominante del feminismo occidental. Mismo que se concentra en la dicotomía hombre-mujer en tanto individuas, mientras que Julieta Paredes, propone la incorporación de la noción de comunidad, se trata –dice- de una nueva epistemología anti-sistema, que recupera los contextos comunitarios bolivianos desde abajo y que al mismo tiempo que cuestiona el patriarcado y el capitalismo, busca crear comunidad.


Desde tiempo atrás las lideresas indígenas han visto con cierta desconfianza las propuestas de un feminismo occidental proveniente de la clase media y alta educada, que pretende hablar por ellas a través de múltiples ONGs y que apenas se acerca comprender los mundos femeninos indígenas. Sigue habiendo desconocimiento del pensamiento de las luchadoras indígenas, que están comprometidas con cambiar las condiciones de vida de sus pueblos, en además de la pobreza, la enfermedad y las carencias, que son naturalizadas, se les imponen políticas en contextos ideológicos de colonialidad que permanecen.


            Por ello Paredes y otras voces indígenas, han trabajado en la construcción de un feminismo de-colonial y antirracista, que aspira a otros horizontes de lucha, contra una desigualdad que toca muchos más registros que la oposición binaria hombre-mujer que constituye por ello una ruptura epistémica:


Descolonizar y desneoliberalizar el género es a la vez ubicarlo geográfica y culturalmente en las relaciones de poder internacionales planteadas entre el norte rico y el sur empobrecido, cuestionar profundamente a las mujeres del norte rico y complicidad con un patriarcado transnacional.3



            Estas nuevas propuestas que vienen del Sur, requieren de la sensibilidad y apertura crítica de múltiples organizaciones y grupos que trabajan con las mujeres indígenas. Los feminismos comunitarios son los que pueden contribuir a una mayor autonomía, empoderamiento y agencia de las mujeres de los pueblos originarios, dejando atrás las tradicionales políticas asistencialistas, se trata de nuevos caminos y nuevas metodologías de acompañamiento a favor de acciones que fortalezcan nuevas epistemologías y autonomías comunitarias.



[1] Julieta Paredes, Hilando fino. Desde el feminismo comunitario, Colectivos El Rebozo, Grietas, Lente Flotante, La Paz, Bolivia, 2010, Prólogo a la edición mexicana, p.7.
[2] Ibíd., p. 8-9.
[3] Ibidem.p. 66-67



miércoles, 25 de marzo de 2015

El desafío de construir igualdad desde las Unidades de Género en las dependencias de la administración pública


“para lograr la plena igualdad entre el hombre y la mujer es necesario modificar el papel tradicional tanto del hombre como de la mujer en la sociedad y en la familia". En consecuencia, los Estados Partes están obligados a coadyuvar a la modificación de los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres para eliminar "los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres" (artículo 5).  Asamblea General de las Naciones Unidas. Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, 1979, 1981. Desde 1989, México confirmó su obligación a acatar estas disposiciones.


Desde 1979, han sido insistentes las recomendaciones de ONU Mujeres y de la CEDAW (Committee on the Elimination of Discrimination against Women), para que el gobierno mexicano adopte políticas para enfrentar las brechas de desigualdad de género y los niveles de violencia contra las mujeres que persisten en nuestro país.  Así, en 2007  se aprobó la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida libre de Violencia, misma que posteriormente se fue aprobando en los estados de la República. Estos avances legislativos han contribuido a hacer visibles los problemas de la violencia tradicional naturalizada contra las mujeres en nuestra sociedad, pero aún seguimos en los inicios. El reto además ha sido que la administración pública avance tanto en metodologías para actuar frente a la violencia y la atención de las víctimas, como para que en todos los sectores y áreas del gobierno se comprenda la perspectiva de género como una herramienta para analizar la desigualdad de género.

Las unidades de Género convocan a empezar por la propia casa, es decir, revisando que al interior de las dependencias de gobierno, sus empleados y empleadas, respeten las nuevas leyes e identifiquen y combatan la discriminación de género, el acoso sexual y laboral entre otros problemas, asimismo que inserten las unidades de género en su estructura para que se hagan transformaciones a todos los niveles.

La iniciativa de crear Unidades de Género, fue promovida por el Instituto Nacional de las Mujeres en el marco del Programa Nacional de Igualdad de Oportunidades y no discriminación contra las mujeres (PRO-IGUALDAD) establecido en el Plan Nacional de desarrollo 2013-2018. Se trata de propuestas de una política pública que establece que todos los servidores públicos sean sensibilizados y capacitados para identificar y actuar frente a las desigualdades de género en sus áreas de atención. Es decir cualquier secretario o funcionario de  bajo, medio y alto  nivel que trabajen en el servicio público, deben manejar la perspectiva de género como una herramienta para comprender la desigualdad y actuar en sus áreas de responsabilidad, deben saber implementar acciones que promuevan la mejora de las condiciones de las mujeres. Los seis objetivos transversales que propone Pro-Igualdad son:

1.         Alcanzar la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres y propiciar un cambio cultural respetuoso de los derechos de las mujeres.

2.         Prevenir, atender, sancionar y erradicar la violencia contra mujeres y niñas, y garantizarles acceso a una justicia efectiva.

3.         Promover el acceso de las mujeres al trabajo remunerado, empleo decente y recursos productivos, en un marco de igualdad.

4.         Fortalecer las capacidades de las mujeres para participar activamente en el desarrollo social y alcanzar el bienestar.

5.         Generar entornos seguros y amigables de convivencia familiar y social, actividades de tiempo libre y movilidad segura para las mujeres y las niñas.

6.         Incorporar las políticas de igualdad de género en los tres órdenes de gobierno y fortalecer su institucionalización en la cultura organizacional.

El llamado a construir estos comités a nivel nacional va dando respuestas poco a poco y van develándose en cada área, los retos que tienen que enfrentar. Por ejemplo apenas el 16 de octubre de 2014 se formó la unidad de género del Senado de la República, con la presencia del Presidente del Senado Emilio García Patrón y las representantes de INMUJERES  y de ONUMUJERES.

Se mencionó que era un hecho sin precedentes que el Senado se pronunciara por los derechos de las mujeres asumiendo el compromiso de apoyar una unidad de género. Marcela Eternod por INMUJERES, señaló que el Senado asumía así el compromiso de revisar su normativa para incluir la perspectiva de género y dar  mayores oportunidades a las mujeres en México. Paz López representando a ONU-Mujeres, señaló que México con ello cumplía con los compromisos internacionales para asumir la igualdad pero insistía hay que hacer acciones afirmativas,  para que las mujeres logren avanzar en las diferentes áreas de la vida social y política. La unidad del Senado tendría que impactar en el trabajo legislativo, para incluir los preceptos de igualdad de género. Suponemos que en estos momentos, una tarea inmediata y concreta de la nueva Unidad de Género sería velar porque la paridad política sea efectiva en los procesos electorales y se respete la ley.

La expectativa es que esos comités generen políticas y acciones afirmativas, para ir construyendo igualdad en sus áreas de influencia.

La tarea no será fácil, lo reconocen los mismos hombres. El líder del Senado señaló que está consciente que el Senado es un órgano difícil para las cuestiones de género y que por ello el hecho de que existan 42 mujeres senadoras, representa mucho.
La unidad de género del Senado fue dotada de oficinas, mobiliario y todo lo necesario para su funcionamiento y la ciudadanía tendría que estar atenta a las acciones que emprenda para avanzar hacia la igualdad sustantiva entre hombres y mujeres.

Desde  2011, en algunas dependencias  gubernamentales de San Luis Potosí, se empezó a hablar de llevar adelante los planteamientos de transversalización de género, en sus planes y acciones. Las Unidades de Género se planteaban entonces, como  las nuevas figuras institucionales para promover la igualdad al interior de las propias dependencias gubernamentales. En 2013 con el acompañamiento del Instituto de las Mujeres,  cuatro dependencias asumieron el reto de crear,  sus unidades de género: La Secretaría de Educación del Gobierno del Estado, los Servicios de Salud Pública, el Instituto Estatal para el desarrollo de los Pueblos Indígenas INDEPI y el Centro de Atención a Víctimas del Delito. Estos primeros esfuerzos tomaron las formas más diversas y han enfrentado diferentes retos para comprender y ser comprendidos en su función.  Empezaron a aparecer como comités que llevan adelante acciones de sensibilización y capacitación, con dudas de donde poner el acento en sus acciones: si es hacia sus propios compañeros y compañeras, al interior de las dependencias o bien a las acciones diversas de difusión y educación hacia los usuarios de su dependencia y a la sociedad. Lo cierto es que han actuado más con voluntad que con apoyos reales para impulsar su trabajo. Los responsables de estos comités no se dedican de manera exclusiva a las tareas de las unidades de género, no tienen descarga en su trabajo cotidiano, no cuentan con espacios, recursos y  una visibilidad efectiva para promover la perspectiva de género y mucho menos al finalizar el actual gobierno. Queda además la incertidumbre si el próximo gobierno les dará continuidad a las acciones del Programa de Igualdad y la forma e intensidad en que lo hará.

No obstante en un diagnóstico realizado por el colegio de San Luis junto con los responsables de estas cuatro unidades, se  empiezan a reconocer en formas más claras los alcances y los retos que existen en cada sector para enfrentar las brechas de género. En la SEGE por ejemplo, en sus números se hace visible un fenómeno de desigualdad muy marcado, pues pese a ser un gremio feminizado, los puestos directivos o sindicales, son asumidos mayoritariamente por varones y las mujeres tienen poca oportunidad de acceder a éstos, aún y contando con igual o mayor experiencia y formación académica. En el sector salud, es notoria la feminización de las actividades de enfermería y la escasez de formación en salud sexual y reproductiva con perspectiva de género. En el INDEPI, se tiene claro el reto de promover la formación en interculturalidad y género entre su personal, pues no hay duda de que son inmensas las tareas para generar oportunidades de igualdad para las mujeres indígenas. Finalmente en lo referente a la Atención a víctimas del delito que es tarea del CAVID y cuyo comité fue refundado recientemente, señalan que las víctimas que atienden, generalmente son mujeres y niñas. Llegan a sus oficinas pidiendo ayuda para ser orientadas para enfrentar la desigualdad, las injusticias y vejaciones diversas y la unidad de género deberá trabajar intensamente en la formación de su personal para brindar la atención con perspectiva de género.

El personal de estas dependencias ya ha explorado los aprendizajes de la perspectiva de género, la unidad de la SEGE ha gestionado primeros recursos para favorecer actividades pro-igualdad y asimismo para vincularse con la sociedad para prevenir la violencia de género en las escuelas. Sin embargo, para que las Unidades de Género tengan realmente  presencia en las Dependencias de Gobierno, se requieren acciones decididas del Ejecutivo. En otras entidades, cuando el Gobernador es el primero que encabeza y asume su compromiso con las Unidades de Género de las dependencias de su gobierno, se nota de inmediato en la agenda y las acciones visibles para capacitar al personal, para empezar, en el Estado de Hidalgo y en Nuevo León, por ejemplo, se han visto avances importantes desde hace años. En nuestra entidad, vamos despacio, con respuestas heterogéneas, pues hay desconocimiento y resistencias muy bien identificadas en ciertas dependencias y otras que facilitan e impulsan cambios.

Frente al cambio de gobierno, es importante que los candidatos se pronuncien y se comprometan a llevar adelante las leyes y los acuerdos nacionales e internacionales para promover la igualdad de género, pues su importancia para el desarrollo pleno de las mujeres en nuestra sociedad, es fundamental.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Acciones afirmativas de género para avanzar en la democracia: de las cuotas a la paridad de género en la participación electoral


Las cuotas electorales no implican el reconocimiento de una identidad esencial de ser mujer, sino que constituyen un mecanismo para contrarrestar la subordinación y generar mejores condiciones para la igualdad real. Las cuotas se sustentan en el concepto de equidad, que plantea un trato diferente a los desiguales para garantizar la igualdad. [i]




Según el informe PAIS que analizó la calidad de la ciudadanía que tenemos en México, las mujeres aparecen sub-representadas en las listas electorales, en las direcciones de los partidos, y por supuesto son aún pocas las que llegan a ocupar una curul en las cámaras de Diputados y Senadores. Están sub-representadas en todos los niveles del poder político. No obstante, las mujeres, fueron el grupo más numeroso de votantes en las elecciones de 2012, donde constituyeron más del 66% de los votos, superando en 8.38% al voto masculino. Dice el informe:

Aun cuando las mujeres están sub-representadas con relación a los hombres en el Poder Legislativo Federal (cámara de Diputados 26.2% y senadores 22.7%, según datos de 2012)
las primeras participan más que los segundos en el ámbito electoral: mujeres 66.08% y hombres 57.77%”. [1]

Estos datos requieren una mayor reflexión y mayores investigaciones. Aquí haremos una aproximación general al tema. Lo primero que debemos valorar son los avances de las políticas de igualdad de género que se han venido desarrollando desde los años 90s en América Latina y en nuestro país –resultado de las luchas de las mujeres y organizaciones feministas- para alentar la participación de las mujeres en la vida democrática.

Considerando que en muchos países de la región, las mujeres tuvieron acceso al voto hasta la segunda mitad del siglo XX y en México en 1953,  cabe decir que fueron incluidas en la vida política principalmente como electoras, como bases corporativas de los partidos, pero no como representantes y líderes que toman decisiones. En los partidos se reproducen los estereotipos de género en donde los que mandan a alto nivel son los hombres y las mujeres son constreñidas a comisiones femeniles a las que no les dan mucho poder. Esto es lo que explica en parte, la construcción histórica de la sub-representación de las mujeres en los espacios parlamentarios.

Desde el ámbito internacional, desde 1979, se venía planteando el problema de la desigualdad entre hombres y mujeres, así como las acciones para cambiar las brechas de esas desigualdades injustas, lo cual implica la puesta en práctica de acciones afirmativas para generar igualdad.  En las Conferencias de Nairobi en 1985 y de Beijing en 1995, se marcaron acciones y tendencias con mayor firmeza para generar políticas para la igualdad de género en la política. Especialmente en Beijing, se planteó que la afirmación de los derechos de las mujeres son derechos humanos y que la igualdad entre los géneros es una cuestión de interés universal y de beneficio para la humanidad.

En ese contexto se empezaron a difundir las acciones afirmativas de género en la política, conocidas como “cuotas de género”, las cuales obligaban a establecer porcentajes mínimos de mujeres a ser incorporadas en las listas de candidatos por parte de los partidos políticos.

En el 2000 se incluyó también la equidad de género como uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, reconociendo que para avanzar en la igualdad de género había que promover el empoderamiento de las mujeres.

En la Conferencia Regional sobre la Mujeres de América Latina y el Caribe de 2007, celebrada en Quito, se señaló la necesidad de establecer la paridad entre los géneros. Aparecieron así, acuerdos muy específicos para promover la paridad en la esfera política. A saber:

  1. Propiciar el compromiso de los partidos políticos para implementar acciones afirmativas y estrategias de comunicación, financiación, capacitación, formación política, control y reformas organizacionales internas para lograr la inclusión paritaria de las mujeres en su interior y en los espacios de decisiones.

  1. Adoptar medidas legislativas y reformas institucionales para prevenir, sancionar y erradicar el acoso político y administrativo contra las mujeres que acceden a puestos de decisión por vía electoral o por designación, tanto en el nivel nacional como local, así como en los partidos y movimientos políticos.

  1. Incentivar y comprometer a los medios de comunicación para que reconozcan la importancia de la participación paritaria de las mujeres en el proceso político, ofrezcan una cobertura equitativa y equilibrada de todas las candidaturas, y cubran las diversas formas de la participación política de las mujeres y los asuntos que las afectan.


La llegada a políticas de cuotas de género y a la paridad, no han sido producto de una concesión de los órganos electorales, sino resultado de las luchas de las mujeres de diferentes países que han hecho llegar sus demandas a los organismos internacionales y han presionado en todas las formas posibles para enfrentar las desigualdades estructurales que limitan su acceso a la participación democrática. Las pioneras en prácticas de paridad fueron las mujeres de los países nórdicos europeos, en donde cuentan con las legislaciones de paridad más avanzadas. En América Latina ha costado mucho impulsar nuevas prácticas para la inclusión de las mujeres. Primero fue ponerse de acuerdo en un porcentaje mínimo de mujeres que debían integrar las listas electorales, incluso al principio no se sancionaba en absoluto a los partidos por fallas al respecto.

A la par, las feministas latinoamericanas han dado su lucha, han hecho campañas que han impactado a corto y largo plazo,  como en Argentina que empezaron promoviendo lo que llamaron la “Ley de cupos femeninos” en 1991, donde la cuota de mujeres debía ser del 30%; Costa Rica desde 1988 promovió la Ley para el fomento de la igualdad social de la mujer; en Brasil se promovió la campaña del movimiento “Mujeres sin miedo al poder” que promovió una cuota del 20% de las listas para las elecciones municipales y posteriormente se ha estado moviendo del 40% en 1996 al 30% en el 2000; Panamá en 37% (1997) y México en 1996 empezó a promover la participación política de las mujeres desde las leyes electorales, en 2002 sin hablar de acciones afirmativas en la Ley, se acordó  incluir un 30% de mujeres, en 2008 de  un 40%, estableciendo que de cada 5 candidaturas 2 tienen que ser de género distinto y en 2014 habla ya de paridad. [2]

Después de los procesos electorales de 2012, en México se tuvo un avance de equidad de género, no tanto cuantitativo sino  significativo, pues el 35 % de las diputaciones fueron ocupadas por mujeres, lo cual dio como resultado histórico que hubiera 185 diputadas y 42 senadoras, que constituían un total de 227 curules ocupadas por mujeres. Cabe aclarar que algunos partidos políticos establecieron sus propias reglas de paridad interna, por presión de las propias militantes, por ejemplo el Partido Revolucionario Institucional declaró impulsar cuotas del 50% y el Partido de la Revolución Democrática del 30%. Cabe decir que estos acuerdos generalmente no se cumplen y presentan tensiones diversas. Los partidos burlan constantemente sus frágiles acuerdos de igualdad de género. Por ejemplo, buscan de todas las maneras posibles garantizar la presencia masculina, en los estudios se advierte que incluyen a las mujeres en las candidaturas donde saben que van a perder.

En las reformas electorales se ha incluido asimismo la obligatoriedad de dedicar un pequeño porcentaje de los recursos asignados a los partidos para la capacitación en perspectiva de género y para fortalecer y empoderar las candidaturas femeninas, lo cual tampoco se hace en la mayoría de los partidos.

Recientemente se dio a conocer el estudio de “Igualdad, inclusión y no discriminación” [3]en donde se muestra que los partidos siguen sin trabajar en serio por fortalecer las candidaturas y liderazgos de las mujeres. La mayoría sigue celebrando el día de las madres en formas tradicionales con cargo al recurso y la calidad de la capacitación deja aún mucho que desear.  El Partido Verde Ecologista, fue el ejemplo de ignorancia y falta de respeto a la normatividad de equidad de género, pues gastó el presupuesto en mandiles con propaganda del partido, lo cual muestra el atraso en cultura de igualdad de género que tienen sus publicistas, pues el mensaje que mandan a la ciudadanía es absolutamente tradicional y sexista.

Es importante señalar que los avances de equidad de género en las leyes electorales no se mantienen siempre en formas progresivas al paso de los años, sino que se pueden dar los retrocesos, lo cual nos habla de la fragilidad de la formación política y en perspectiva de género, al interior de los partidos. Los países latinoamericanos que fueron pioneros en paridad política, es decir que promovieron la obligación de incluir a 50% de mujeres y 50% de hombres en las listas electorales, fueron: Venezuela (2005), Ecuador (2008), Bolivia (2009), Costa Rica (2009). [4] 

Los estudios muestran que las cuotas de género y más aún la paridad, son prácticas políticas de las democracias modernas que hacen visible su interés por el adelanto de las mujeres en la participación democrática. Siendo una experiencia relativamente reciente en América Latina, se advierte cómo al aplicarse acciones afirmativas, se aumenta en forma sustantiva la presencia de las mujeres en las cámaras de la siguiente manera:

“Las diferencias entre los resultados obtenidos antes de la ley de cuotas y la última elección son aún mayores, sobre todo en los casos de Argentina, país en el que la representación de las mujeres aumenta del 6% al 36,2%; Costa Rica del 17,3% al 38,6%; Honduras, del 5,5% al 23,4%; Perú, del 10,8% al 29,2%; México, del 14,2% al 22,6%, y Ecuador, del 3,7% al 16%.”[5]

Al paso de los años, se ha reconocido que la paridad es fundamental para la construcción de las democracias modernas y una forma necesaria para enfrentar la exclusión estructural de las mujeres en política y cambiar los estereotipos de género en la sociedad.

Finalmente, cabe decir que nos encontramos en momentos en que hay un general desencanto por los resultados que ha tenido la democracia en México y por la corrupción e impunidad de los políticos de diverso nivel. Asimismo, siguen los efectos de la inseguridad, la pobreza y la violencia. Seguimos teniendo ciudadanías frágiles, con actores sociales que no confían ni en sus vecinos ni en la autoridad, que desconfían de las instituciones y especialmente en las encargadas de la procuración de justicia.[6] La ciudadanía  en general, se caracteriza por tener poca experiencia asociacionista, por estar desvinculada de redes sociales directas que vayan un poco más allá de la familia, los vecinos y las agrupaciones religiosas.

Hay aún mucho trabajo por hacer, pero no hay duda de que las mujeres pueden ser agentes emergentes de la democracia y del cambio de ambiente social y político. Ellas constituyen la mayoría de votantes registrados y activos, es tiempo de que se hagan efectivas las acciones afirmativas para incluirlas en la normatividad de partidos, en candidaturas con certeza y en todas las leyes electorales. Su inclusión debe ser plena, sin trampas y sin prejuicios. Debe ir acompañada de la formación política, de la capacitación en perspectiva de género para hombres y mujeres de los partidos y personal de las instituciones electorales. Solo así se podremos ir construyendo una ciudadanía de mayor calidad, incluyente, paritaria y democrática.



[1] Informe PAÍS Sobre la Calidad de la Ciudadanía en México, INE, COLMEX, 2014. http://www.ine.mx/archivos2/s/DECEYEC/EducacionCivica/Resumen_ejecutivo_Informe_Pais_act_15102014.pdf (p.21)
[2] La paridad política en América Latina y El Caribe. Percepciones y opiniones… CEPAL, serie Mujer y Desarrollo No. 108.2011. p.18.
[3] Igualdad, Inclusión y no discriminación de género en los partidos políticos de México, INCIDE Social, y PNUD, 2014.
[4] La paridad política en América Latina y El Caribe. p.18.
[5] Hacia un horizonte paritario en América Latina… op.cit. p.
[6] Ibid. p.21

[i] Hacia un horizonte paritario en América Latina: representación política de las mujeres. Documento preparado por Virginia Guzmán y Claudia Moreno para la Unidad Mujer y Desarrollo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Décima Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe Quito, Ecuador, 6 al 9 de agosto de 2007. http://genero.ife.org.mx/docs_marco/01_HaciaUnHorizonteParitarioEnAL.pdf p.8.